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relatos
El humo ciega tus ojos, de M.ª Pilar Arroyo
Uno de los Relatos ganadores del concurso realizado en la X Semana sin Humo
Os presentamos el primer premio del concurso de Relatos realizado en la X Semana sin Humo, celebrada del 25 al 31 de mayo de 2009.
El humo ciega tus ojos
Paseando al sol, recordaba sus ideas y prejuicios anteriores sobre asistir a los viajes y actividades organizadas para personas jubiladas de la “tercera edad”. Eso quedaba para otros más necesitados de contactos y extroversión. A él no le hacia falta alguna mezclarse en esas “jaranas de canosos” para vivir a gusto, a su manera.
Así pensaba Federico, todo un ex Señor Director de la sucursal de la Caja de Ahorros en su localidad. Bien relacionado con las fuerzas vivas de la población. En vida de su esposa, Aurora, no vio nunca la necesidad de buscar círculos más allá de los que le ofrecían su actividad laboral y algunos vecinos, su trabajo en el banco lindaba con temas delicados y no parecía buen criterio potenciar relaciones de amistad al margen de las transacciones económicas.
Al jubilarse, ya viudo, gozaba de buena salud a pesar del cigarrillo, ese compañero inseparable en sus lides comerciales. Qué bien venía en reuniones, para la complicidad en los negocios, para a animar a hacer la transacción al pequeño empresario, nada como una invitación cordial a fumar juntos y, con un buen puro, se remataba cualquier celebración de empresa.
En él no calaban los repetidos mensajes: “fumar mata”, “el tabaco es malo para tu salud” de las campañas sanitarias. Ni aún los de su propio médico, que se lo había repetido en más de una ocasión, de las pocas por las en que había tenido que acudir a la consulta. Cuando la tos era preocupante, respondía “¡¿y poder?!” o con sorna,”si ya dejo…entre cigarrillo y cigarrillo, no fumo” cuando salía exitoso del proceso.
Ahora, en la soledad de su tiempo libre, que se alargaba hasta ocupar prácticamente todo el día, salvo algunas pequeñas tareas caseras a las que se obligaba para no dejar caer la casa ni su persona, disfrutaba fumando y no era raro que en sus ratos ante el ordenador, para estar al día de la marcha y de las noticias bursátiles, la mano se equivocase con frecuencia y pillase el cigarrillo del cenicero en lugar del ratón y viceversa, motivando quemaduras en la piel o cenizas en lugares inadecuados. En una ocasión, el dedo saltó para evitar el roce y toco una tecla inesperada y en la pantalla apareció un reclamo de vacaciones a la orilla del mar con precios estupendos. Miró por la ventana y observó el cielo plomizo de una primavera que parecía prolongar el invierno…y tomó una decisión…
La línea de sus pensamientos se interrumpió al atisbar una figura femenina de melena clara que se aproximaba. No era ella, como le había parecido en un primer momento, pero reconoció su sobresalto y turbación, nada habituales en él. Le sucedía desde que vio a esa mujer una tarde en la sala de estar del hotel en que se alojaba, dentro de la promoción vacacional a la que finalmente se había apuntado.
El salón recibía toda la luz de la playa próxima en el sol poniente y un grupo de mujeres recién llegadas, viudas le habían comentado sus convecinos, descansaban del viaje con un rato de conversación en torno a sus refrescos. Entre ellas, una cara sonriente le llamó la atención y decidió acercarse un poco pero, no bien había dado unos pasos, la misma mirada le obligó a pararse y a continuación, todo sin hablar, explicitó el motivo de su exclusión dirigiéndose al cigarrillo que él mantenía entre sus dedos y reforzó la demanda al señalar el cartelito indicador de sala de “no fumadores”.
Dio la vuelta, algo incómodo y salió del hotel. Necesitaba aire puro, en sus pulmones y para el sofoco que notaba en al cara con fuerza. Caminó un rato hasta recuperarse de la desazón y recobrar la figura y el bienestar interior.
A la hora de la cena, Federico se dirigió a su mesa habitual. Los compañeros ajenos al momento vivido esa tarde, comentaban el plan de excursión conjunta del siguiente día. Se acercarían a una ciudad del interior y ello daría lugar a pasar buenos ratos para conocerse. Eso escuchó nuestro hombre y notó que se le hacía un cierto nudo en el estómago a pesar de la excelente calidad del plato elegido para el menú. Al salir, pudo ver a la dama en cuestión, le rodeaba un grupo más amplio que las compañeras de la tarde.
En el autobús, procuró instalarse cómodo, junto a la ventanilla para contemplar bien el trayecto hasta su destino. No dejaba de observar las idas y venidas del resto de viajeras y viajeros y por ello se sorprendió cuando escuchó una voz de mujer a su lado que decía “buenos días” con suavidad. Volvió la vista y se recolocó en su asiento, era ella y le sonreía con esos ojos que le cautivaron el día de antes, eran acogedores, saludaban sencillamente sólo con mirarlos. Instintivamente, su mano tocó la cajetilla de tabaco y la remetió bien al fondo del bolsillo de la chaqueta, no fuera a dar lugar a un cambio como el de la víspera. Una medida de cautela para evitar el desaire y de protección, para no ser criticado por tal lacra.
Se presentó como Natalia y le pidió disculpas por su gesto del día anterior. Le explico que llevaba mal el tema del tabaco en su entorno. Se definió como casi una “talibán antitabaco”, así de claro y siempre sonriendo. Me gusta saborear el presente y creo que el tabaco frena el futuro del que fuma y de los que le rodean, añadió.
El viaje transcurrió entre comentarios neutrales. Había temas de sobra para evitar la confrontación y Federico consideraba que esta era la actitud más inteligente en ese momento y, porqué no, lo que le pedía el cuerpo, llevarse bien con ella.
Llegado el final del viaje, Federico se escabulló a saborear su cigarrillo. Le fastidiaba, no obstante, estar actuando como a escondidas. No era un niño y no pensaba renunciar a algo que le gustaba sólo porque una señora que acababa de conocer discrepase de sus gustos.
De vuelta, se retomaron las plazas como a la ida y lamentó esas últimas caladas de placer que aromatizaban sus ropas. Ella no fue ajena, mantuvo conversación con su vecina, al otro lado del pasillo.
Durante los días siguientes, los encuentros en las salas comunes, comedor, pasillos, se convirtieron en una especie de juego del escondite para evitar ser pillado in fraganti y paralelamente, permitirse disfrutar de la compañía del resto y de Natalia. Le gustaba su porte y su forma conducirse con todos, ni tímida ni demasiado provocadora.
Un torbellino de ideas y sensaciones le abrumaban, mientras realizaba su paseo matinal, cuando le sorprendió la silueta que tanto se la recordaba. Sintió dentro una especie de punzada, primero por el sobresalto de encontrarla de frente sin esperarla y también, no podía negarlo, por el latir de su corazón al descubrirla. No esperaba una experiencia así a su edad, no se sentía preparado. En cualquier caso, a ella no le interesaba su persona, menos con ese habito funesto, y, además, se iba al acabar la semana.
Natalia no había hecho demasiado por acercarse durante su estancia, si bien no lo rehuía cuando estaban cerca y, de hecho, lo llamaba por su nombre y eso le agradaba, le parecía que sonaba de forma especial cuando lo hacía. Esta mujer parecía alguien con el futuro abierto, lleno de frescura y posibilidades…
La última noche daban una fiestecilla de despedida. Se arregló con traje y corbata, parecía que era obligado en la ocasión. Estaba cómodo con ese aspecto, le había acompañado toda la vida en su trabajo y fuera de el, aunque aquí lo hubiese abandonado por la ropa de sport, mas acorde con las jornadas vacacionales.
Todos parecían haber adoptado la norma tácitamente y ofrecían un look diferente para la velada. Las señoras se habían arreglado y tomado tiempo para acicalarse y los hombres llevaban americana, como mínimo. Llegado el momento del baile, cada cual se desmelenó a su modo, boleros o rock daba igual, había que echar la cana al aire…nunca mejor dicho. Natalia estaba esplendida con un traje largo que resaltaba su figura y él sintió deseo de sacarla a bailar pero alguien se adelantó y decidió salir a la terraza a echar unas caladas que le ayudasen a relajarse un poco. Craso error, pensó una vez iniciado el acto, así sería casi imposible acercarse a ella.
Ensimismado, consideraba el valor del momento ¿único en su vida?, cuando notó una presencia cercana, en el marco de la puerta estaba ella. Le sonreía y parecía desafiante, pero no se molesto en ocultar la mano que sostenía el cigarrillo. Contra lo esperado, se le acercó y lo invitó a bailar, no se dijeron ni una palabra pero, al finalizar la pieza, que no hubiera deseado que acabase nunca, a Federico le pareció buen momento para despedirse. Le deseó un buen regreso y le expresó que agradecía al destino la ocasión de conocerla; se atrevió a añadir, aunque tú no tengas buen concepto sobre mi y mis costumbres. Por toda respuesta ella le espetó: ¿sabes como se titula esta canción?…y dándole un beso en la mejilla y se alejó hacia el interior. No volvió a verla.
Le faltó tiempo para ir a preguntar el título al disc jockey.
La angustia tiene una escala temporal ligada a la pérdida real o imaginaria y crece en la soledad de la noche. ¡La de vueltas que dió en la cama recordando aquellas palabras! Pensaba que había dejado escapar algo importante. Ya era tarde, ella se iba en unas horas y…La mañana le sorprendió sin pegar ojo o así le pareció, pero comprobó que era mas tarde de lo habitual cuando bajó a desayunar. Escucho que el autobús de las mujeres había salido y, abatido, se dirigió al comedor.
Acabo un café solo y salió a fumar a la terraza, desde ahí se divisaba una preciosa vista de playa y mar pero esa mañana no le parecía tan bella como otros días. Las nubes que se acercaban, tal vez, el sueño arrastrado de la mala noche…Giró de espaldas al paisaje y apoyado en la barandilla echo mano al paquete de tabaco.
Desde su posición contemplaba el interior del hotel. La sala de la noche pasada, era objeto de una batida de limpieza actualmente; la recepción y las salas de estar, fumadores y no fumadores y, en ésta,… ¿era una ilusión? Alguien le observaba desde un sillón al fondo. Tomó conciencia de la realidad y, desde dentro, afloró a su rostro la sonrisa. Iniciaba un paso en dirección a la sala cuando reparó en la cajetilla que aguardaba ser abierta. Quedo inmóvil, miró el paquete y lo estrujó en su mano, consciente de que unos ojos de mujer se percataban de ello, y avanzó mientras sentía su corazón latir al ritmo de aquella antigua canción “Smoke in yours eyes”…
M.ª Pilar Arroyo
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