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lo que se cuece
Requeteespecialistas
Finaliza una nueva promoción de médicos de familia. Tres o cuatro residentes de Medicina Familiar y Comunitaria (MFyC) de cada diez elegirán trabajar, y serán contratados para ello, en un servicio de urgencias de un hospital (SUH) o en un servicio de urgencias de Atención Primaria (AP). Cuando les pregunto a mis residentes por qué deciden quedarse en la puerta del hospital, las respuestas son variadas pero casi siempre sale a relucir esa especie de “subidón” que se clava en el estómago ante un paciente grave, el trabajo en equipo, la toma rápida de decisiones, el trato con pacientes bajo estados emocionales intensos que obligan a dar lo mejor de uno mismo, la labor de apoyo con las familias ante situaciones críticas, la propia capacidad de asombrar de las guardias en las que cada día se aprende algo nuevo y en las que uno se acaba preguntando si es médico o investigador policial, la interacción con otras especialidades, etc. Hablo de médicos de familia polivalentes, resolutivos, dialogantes, flexibles, capaces de generar un clima de confianza y seguridad. Finalizada la residencia y superadas las angustias y desvelos iniciales, exprimen lo aprendido, se desenvuelven con soltura y van creciendo como profesionales. Un contrato laboral sin interrupciones durante al menos cuatro o cinco meses probablemente contribuyen o ayudan a tomar esa decisión.
A pesar de que haya especialistas motivados y cualificados para desempeñar su función, como bien se ha demostrado en los últimos quince años con su contratación masiva en los servicios de salud, la actual ministra de Sanidad y Política Social insiste en que esto no es suficiente y que es necesario crear una nueva especialidad, la de urgencias hospitalarias. Resulta que ahora no basta con ser especialista, hay que ser requeteespecialista. Porque, según la ministra, lo piden los profesionales y la población. Las tres sociedades que más socios tienen en las áreas de urgencia y que representan a 25.000 profesionales, así como el Consejo Nacional de Especialidades en Ciencias de la Salud, están de acuerdo en que NO es necesaria una nueva especialidad. Las Comunidades Autónomas se han expresado mayoritariamente de igual forma. Las últimas encuestas poblacionales del barómetro sanitario otorgan un notable a la atención recibida. “Banalidades” que no parecen interesarle al ministerio de Sanidad y Política Social. Además, la requetespecialidad sólo incumbiría al hospital. ¿Qué ocurre con la urgencia y emergencia en el medio rural, en el domicilio, en la carretera, en la consulta del centro de salud? Bueno, para ésta SÍ están los médicos de familia. Parece que las habilidades, conocimientos y competencias que bien pueden ejercerse en la comunidad se evaporan al cruzar el umbral de la puerta de los grandes edificios sanitarios.
Es cierto que en la última década ha aumentado la demanda de la asistencia urgente. Los cambios en las prioridades y valores sociales, la acumulación de los problemas organizativos del sistema sanitario y la desinformación generalizada han contribuido a ello. También se conocen los riesgos de esta inadecuada sobreutilización. Frente a soluciones desenfocadas que nacen ya a la zaga de los problemas, vale la pena insistir también por nuestra parte y repetir nuevamente: piénsese en reordenar, reorganizar y explotar adecuadamente los recursos existentes (que ya han demostrado su valía) y los modelos que no se han desarrollado plenamente.
Está claro que la atención a urgencias es esencial en un sistema sanitario moderno y debe garantizar una asistencia de calidad y una continuidad en los cuidados que reciben los pacientes. La AP debe ser el punto de inicio de la atención urgente, allá donde surja. A pesar de las dificultades organizativas que pueden existir actualmente, los médicos de familia deben estar en disposición de realizar la primera valoración y atención de estos pacientes, tan ligada a la AP como podría ser la consulta concertada, las actividades preventivas o la docencia, contando con los recursos humanos necesarios y la remuneración pertinente para llevar a cabo dicha tarea. Esto exige una redistribución de la dotación presupuestaria entre AP y hospitales que incremente la asignación al primer nivel asistencial. Un control de calidad en la contratación de facultativos no titulares, la implantación de una red de actividades de formación continuada intracentros, y campañas publicitarias de educación a la comunidad informando sobre la calidad y cantidad de los dispositivos existentes para la atención urgente contribuirían a conseguir un uso más racional de los recursos.
El panorama para el corto y medio plazo ya ha sido dibujado y es conocido por todos. El déficit de especialistas para los próximos años debe ser resuelto con especialistas polivalentes capaces de prestar una atención integral e integrada a los problemas de salud desde diferentes ámbitos asistenciales. Cualquier decisión que no sea adoptada desde esta visión global y con longitud de miras, restringirá las posibilidades de reacción, conduciendo a callejones sin salida al desagregar aún más los niveles de atención y al crear nuevas estructuras estancas en el seno del sistema. No hay que ser un lince para vislumbrar conflictos futuros inminentes como los elevados costes económicos asociados en un contexto de crisis de duración incierta o la forma en que se igualarían titulaciones de los profesionales que trabajan en este ámbito.
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