lo que se cuece

Han matado a una persona especialista en personas

Estimada María Eugenia: 

No he tenido la oportunidad de conocerte; ya no la tendré desgraciadamente. Ayer quedé estupefacto al oír las primeras noticias sobre la barbaridad cometida en tu centro de salud. El sentimiento predominante fue el de rabia, rabia e impotencia. 

Hoy, con pena, he añadido un pequeño lazo negro en la solapa de mi bata. Lo he hecho sintiendo que, contigo, también moría una parte de mí. Lo han hecho también el resto de compañeros del consultorio rural donde trabajo como tú lo hiciste hasta ayer. Mañana lo mantendré y manifestaré mi dolor y repulsa en cinco cortos minutos en que cesaré la atención a las personas. 

En estos momentos me han pasado por la cabeza un montón de ideas: el camino recorrido por la atención primaria, por los propios médicos de familia, por la formación de postgrado (formabas parte de la primera promoción de médicos de familia formados a lo largo de 4 años). Pero también he pensado en la atención sanitaria que prestamos, en su calidad, en su enorme calidad humana y técnica, y en su escaso reconocimiento. 

Han asomado a mi cabeza otros muchos pensamientos, entremezclados, desordenados por lo aturdido que estoy. He pensado en las urgencias, en su significado, en su importancia, en los problemas agudos, en cómo los atendemos, en cómo los vive la población en el derecho a ser atendidos, en el deber de hacerlo con esmero, en el derecho a ser considerados como lo que somos: profesionales humanos, sabiamente humanos y, justamente por ello, humanamente imperfectos. He pensado en nuestro derecho a ser respetados, a ser considerados como profesionales que servimos a la población. 

He pensado en la creciente medicalización de la sociedad, en la social creencia de que todo debe producirse al instante, sin esperas, en la absurda creencia de que lo bueno es lo más rápido o lo más nuevo o lo técnicamente más "avanzado". He pensado en la social tendencia a desresponsabilizarnos de las cosas, en creer que mi salud depende de los profesionales y no de mi quehacer cotidiano. He pensado en la social e irresponsable costumbre de convertir en urgente cualquier atención 

Y, quizás equivocadamente, he pensado que en todos esos pensamientos estaba la raíz, la etiología de tu temprana y absurda muerte. 

En estos momentos también se han asomado a mis pensamientos las formas para prevenir que algo así nunca vuelva a pasar. Evidentemente, he pensado en las medidas de seguridad de los centros de salud, en las alarmas para avisar, en la dotación de agentes de seguridad, en el número de profesionales que están de guardia, en los domicilios a altas horas de la noche... No sé bien cuáles son las mejores medidas de seguridad. No niego la utilidad de algunas de ellas, pero algo en mi interior me dice que esa no es una buena solución. Quizás por demasiado fácil, quizás por demasiado obvia o, quizás, porque simplemente pienso que la agresión no se evita con simple defensa "armada". Quizás porque he aprendido que ante un paciente agresivo nunca la solución está en la respuesta agresiva. 

Y he seguido pensando y, quizás sea un simple sueño, una utopía de alguien que ya es demasiado maduro (y por ello no entiende algunas de las cosas que ocurren o cómo ocurren, o cómo se interpretan, o cómo se quieren resolver). 

He soñado, sí. He soñado que recuperábamos nuestro orgullo de ser médicos de familia, que disfrutábamos con una de las profesiones más bellas que existen. He soñado que transmitíamos a nuestros conciudadanos ese sentimiento. He soñado que trabajábamos con ellos para recuperar el mutuo respeto, para salir de la encrucijada en que nos encontramos. 

En esa nueva relación nadie me gritaba en la consulta, nadie me exigía cosas humanamente no exigibles, nadie cargaba contra mi las deficiencias de un sistema sanitario excelente, pero siempre mejorable. Nadie se creía con el "derecho de" y sin el "deber de", nadie me cuestionaba continuamente, nadie me echaba en cara que no le supiera resolver todos sus problemas, nadie pretendía que yo lo supiera absolutamente todo. Nadie olvidaba mi dedicación, nadie dejaba de apreciar la humanidad de mi trabajo, la importancia de mi cercanía, la intensidad de mi relación con todas las personas. En esa renovada realidad, nadie olvidaba lo importante que es disponer de un buen médico especialista en personas. Y en ese nuevo escenario, en esa nueva realidad (que en muchas ocasiones he vivido en mi experiencia profesional), sobraban los servicios de seguridad en los centros de salud, porque el respeto mutuo, la importancia social de mi profesionalidad, eran vacunas sobradamente suficientes contra cualquier tipo de agresividad. 

Y he soñado que algún día podríamos contarte la realidad de ese sueño y he despertado convencido de que ese sería el mejor homenaje que podíamos ofrecerte. Y creo que esa realidad formará parte de tu humana trascendencia. Y me he visto, quizás utópicamente, dándote las gracias por habernos ayudado a descubrir esa nueva y bella realidad. 

Estimada María Eugenia, perdona si mi expresión en tu lengua no es todo lo adecuada que se merece la ocasión; perdona si las prisas con que escribo dejan en el tintero emociones o reflexiones importantes. 

Estimada María Eugenia, tan sólo un emocionado abrazo en la cercanía de compartir unos mismos ideales profesionales. Hasta ahora, hasta siempre.


Dr. Albert Planes, médico de familia.
Editorial publicada en Jano, el 3 abril de 2009