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Relatos
Fantasmas del tabaco, de Juan Martín Araujo
Uno de los relatos ganadores del concurso realizado en la X Semana sin Humo
Os presentamos el segundo premio del concurso de relatos realizado en la X Semana sin Humo, celebrada del 25 al 31 de mayo de 2009.
FANTASMAS DEL TABACO
-¡Paparruchas!- exclamó Winston Morris, tras ver aquella versión del cuento de Navidad de Dickens. Luego salió en las noticias la X semana sin humo.
-¡Paparruchas!- gruñó de nuevo, sonando como Mr. Scrooge.
Winston, a sus 50 años de vida, y 36 de fumador compulsivo, nunca había aceptado que el tabaco influyera en el destino de un hombre.
Apuró su cigarrillo y se permitió una cabezadita en el sofá. Pero le despertó un olor penetrante. Una humareda negra invadía el salón y entre ella descubrió brillando a un espectro grisáceo, que arrastraba una cadena cuyos eslabones parecían paquetes de cigarrillos.
Cuando escuchó la voz cavernosa no tardó en reconocer a Philip Marlborouhg su antiguo socio, muerto un mes atrás de infarto fulminante.
-Mírame, Winston, por culpa del tabaco estoy penando en el infierno. Su humo espeso tortura avivando el ansia por fumar, y es que en ningún sitio de la existencia está más prohibido que aquí. Tú aún puedes salvarte. Te enviaré esta noche a tres apariciones más, para motivarte.
-Tonterías, Philip, siempre fuiste un mal bicho. Si estás en el infierno no será por ser fumador.
-No lo entiendes, Winston, si no fuera por el tabaco todavía no estaría en el infierno. Aún habría tenido treinta años más, para redimirme o no.
Y Philip se hizo humo y el humo despareció. Winston pensó que había sido una mala ensoñación en el sofá y se retiró a la cama.
Pero exactamente a la una se despertó sudoroso, y junto a su lecho apreció otro ser sobrenatural. Este parecía un niño, con piel amarillenta. Tenía alitas pero no parecía un ángel, porque las grises plumas estaban cubiertas de hollín negro. Su pelo era de un color naranja incandescente, ardiente.
-Soy el Fantasma de los Cigarrillos Pasados- dijo con dificultad, entre jadeos y tos- Acompáñame a tu infancia.
De repente se encontró junto a la casa de sus insufribles tíos, que le recogieron con diez años. A su madre, empedernida fumadora desde jovencita, se la había llevado un cáncer de cuello uterino. En cuanto a su padre, no muy decidido a cargar con el crío, simplemente salió por tabaco y no volvió.
Se vio a si mismo jugando en una especie de trastero de madera en el patio, donde sus tíos habían ubicado todas sus pertenencias.
El fantasma lo trasladó tres años hacia su futuro. Vio el mismo trastero reducido a cenizas. Con él habían ardido todos sus recuerdos de niñez. Le acusaron del desastre y lo mandaron a un correccional.
El espectro le hizo retroceder una noche. Solo en su refugio experimentaba con tabaco y cerillas. Aquella vez no le resultó placentero, y arrojó al suelo su cigarrillo inacabado antes de salir. Hasta ahora nunca había sido consciente de que él mismo había incendiado lo que le quedaba de niñez.
Otro salto temporal lo llevó junto a una chica de la que había estado enamorado. Era bella y dulce, no como la cascarrabias con la que había terminado casándose. ¡Qué distinta hubiera sido su vida con ella! Nunca entendió porqué le rechazó tras el primer beso.
El ángel ceniciento se la mostró el día siguiente, confiando a su amiga cuanto le había gustado él, y cuan insoportable le resultó su aliento.
Enganchado en el correccional, el joven Winston llevaba años de fumador.
Pero hasta esta noche fantasmal no se había percatado de su mal aliento.
Luego vio su matrimonio, con otra fumadora. El primer aborto y los años de infertilidad la avinagraron. El bebé adoptivo parecía traer pulmones defectuosos, que costaron muchas visitas a urgencias y una ruina en fármacos.
El fantasma le mostró lo bien que hubieran respondido los pulmones del niño si sus padres fumadores no se hubieran empeñado en intoxicarle.
De nuevo estaba en su cama de cincuentón y sin el fantasma. Por primera vez se planteó si dejar de fumar. Sí, alguna vez tal vez lo haría.
Su esposa, que se había acostado temprano, dormía en otro cuarto por no soportar sus ronquidos. Pensó despertarla, pero tampoco le hubiera creído.
Dormitó pero a las dos ya tenía otro visitante. Parecía un hombre avejentado, con pelo color ceniza, cara poblada de manchas, labios resecos y ulcerados, y puntas de dedos amarillas. Su sucia túnica blanca parecía hecha de fino papel.
Aquel Fantasma de los Cigarrillos Presentes le mostró a sus compañeros jugando al pádel, y cómo ya no contaban con él porque se asfixiaba cada dos raquetazos.
Luego vio a sus jefes, a punto de confiarle una nueva sucursal y descartándole, por su necesidad de salir cada poco a fumar y porque sus trajes apestaban a tabaco, no encajando en la imagen limpia de la empresa.
Después vio cenando juntos a tres matrimonios con los que solían salir.
Ya no contaban con ellos porque siempre exigían locales baratos, y es que con lo que gastaba la pareja en tabaco no les llegaba para extraordinarios.
Las lágrimas asomaban a los ojos de Winston, pero quedaba la peor escena: Un radiólogo señalaba una manchita en una radiografía de pulmón.
-No es tuya, es tu hijo Austin. Con sus problemas respiratorios nunca debió ser fumador, pero vuestro ejemplo diario pesó mucho.
De vuelta a su dormitorio, Winston maldijo al tabaco, decidió que tenía que dejarlo cuanto antes, pero no sabía cómo.
Más tarde apareció el Fantasma de los Cigarrillos Futuros, un espectro negro y brillante, pero con varios puntos que parecían acúmulos de gusanos de color rojo fuego, sobre todo a la altura de los pulmones, pero también en otras zonas del cuerpo. Media boca parecía comida por los gusanos. La ausencia de cuerdas vocales apenas permitía un remedo de voz. Winston le dijo:
-Supongo que mi futuro es corto. No me asusta, no me importa morir.
Sin embargo, quince años en el futuro, no estaba en un cementerio, sino en una residencia de impedidos. Se vio a si mismo encamado con una terrible expresión de desesperanza, incapaz de hablar inteligible y de movilizar medio cuerpo. La pierna izquierda, que le dolía a rabiar, estaba ulcerada y tenía en su mitad inferior un tono entre azulado y negro.
-Vivirás varios años más en este triste lugar, y nadie vendrá a visitarte.
Tu mujer está demenciada, interna en otro lugar. La mancha de la radiografía de tu hijo fue un aviso, intentó dejar de fumar pero no lo apoyaste y murió.
Winston gritó de desesperación y su propio grito lo despertó. Aún estaba en el sofá, todo había sido una pesadilla. Pero había aprendido mucho.
Aún estaba a tiempo de intentar controlar su futuro. Recordó la información de la Semana sin Humos. Mañana mismo pediría cita con su médico.
Juan Martín Araujo
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